Ayer, papá, hizo un mes que estabamos velando tus restos mortales en la salita. De algún modo estabas allí, lo sé, pero en el fondo, se acercaba la hora en el que nos separaríamos de tus restos. Parecía un sueño aquello, y hoy, un mes después, parece lo mismo: tú estás aquí de algún modo. Claro que tu sillón ya no está, si bien, hacía semanas que estabas postrado en cama sin poder comer, sin hablar casi, sin poder moverte por tí mismo. Papá, eso ya no era vida, lo sé. Y en mi intimidad le pedía al Dios tenga piedad de tí y te llevara a su presencia, pues ya no vivías, solamente estabas allí.
Hace un mes, sí. Fuimos al cementerio a visitar tus restos, sabiendo bien que tú no estabas allí: tu espíritu está en donde debe estar, pues si de algo estoy seguro es que el alma es inmortal y tu estás vivo y muy cerca de cada uno de nosotros. Sobre todo, creo, que estás muy cerca de quien más cuidó de ti: Nenei, tu hija, mi hermana, que día y noche ha estado a tu lado. Cuida mucho de ella, papá. Tú lo puedes hacer ahora mucho mejor que cuando vivías aqui con ella. Ayer te prendieron una vela, signo de veneración a tu memoria, signo de la presencia espiritual: el fuego, símbolo de vida. No te llevamos flores, pero en la próxima te las llevaremos y de color azul, como azules fueron tus sueños, azules tus pensamientos, azules tus amores, azules tus sentimientos, azules tus actos, azules tu amistad, tu paternidad, tu vida toda.
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