La verdad que por un lado estoy viviendo una tremenda alegría por los logros de mi hijo Luis en Madrid, quien se fue a trabajar por dos semanas a unas presentaciones que los proveedores de software le hacen a la BBVA a nivel corporativo. El asiste representando al Paraguay en los workshops. Esa es la cara casi triunfal, diria, en mis sentimientos.
Por otro lado estoy viviendo casi a diario de cara con la muerte que se aproxima a la cama de enfermo de mi padre. Vivir, una agonía que es llevadera, porque en las apariencias no hay dolor físico, pero no por eso deja de ser penoso para el paciente y su entorno. La suerte es que mi padre ha vivido enfrentado a la muerte desde niño, pues siendo niño se fue a la guerra y actuó en el frente durante dos años y ocho meses, luego de terminada la guerra se quedó de nuevo 4 meses por la zona. Creo que está preparado para morir, y nos ha preparado a todos nosotros para aceptar su desaparición. Él pensó en todo. Un gran padre se está esfumando de la tierra, pero puede morir en paz, pues ha hecho lo suyo, lo que Dios le ha encomendado. Puede volver al Padre con el grito de "MISION CUMPLIDA".
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