Al mediodía me llamó a mi celular Jazmin para saludarme y comunicarme que se encuentran bien. Me siento acorralado por los sentimientos. Me alegra oirla, pero por otro, me golpea el corazón pensar en el futuro de ella y de los niños. Creo que me falta fe, pues Dios no abandona a sus hijos que confían en Él.
Me asalta el pensamiento de que a cada uno de mis hijos, en los primeros tiempos de su matrimonio les he ayudado en algo, de alguna manera. A ella, Jazmin, la dejo casi sola, salvo las cosas que se llevaron de la casa. Ese hecho no fue voluntario, si bien, seguro que se los regalaba todo, si un dia me decían: "Papá, hemos alquilado una casa y vamos a vivir en forma independiente".
Pende sobre mi cabeza la posibilidad de que no tengan lo suficiente para vivir. Ruego a Dios que los ayude, dándole al marido un trabajo bueno, bien remunerado, con futuro para todos.
No me consuela haber hecho todo cuanto pude para que Jazmin tenga una vida igual a la de sus hermanos, pues mi idea era, como lo fueron para todos, capacitarla. Muy especialmente me preocupaba las mujeres, pues en este mundo machista, las mujeres tienen pocas oportunidades para sobresalir en la vida, salvo que se casen con gente solvente (¿No es esto una especie de prostitución disfrazada que la misma Iglesia promociona?). A Raquel la acompañé hasta su graduación. Con Jazmin quise hacer lo mismo, aunque ya no estaba trabajando en la IBM y naturalmente, los ingresos eran muy distintos (la mitad y menos). No logré siquiera que terminara su inglés. Luego siguió la carrera de diseño gráfico que la interrumpió para casarse.
Con los varones fui muy duro, pues los acompañé solamente hasta terminar la secundaria. Ellos se hicieron profesionales por sus propios medios, pero en un mundo en el que el varón tiene ventajas. Es meritoria la formación de cada uno de ellos; estoy orgulloso de ellos, por el esfuerzo realizado y los logros alcanzados: es mérito de cada uno.
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