Me pasé la mañana analizando nuestras conversaciones por chat con mi hija Jazmín. Me encuentro con tantas contradicciones, si comparo el contenido de su carta que me dejó como despedida y lo que me escribía en el chat. Juraba que nunca volvería con el marido que la maltrataba a ella y al hijo, que la tenìa encerrada, incomunicada, mal alimentada, que controlaba su teléfono, que no le dejaba contactarse con ninguna amistad que no sea lo de su familia (de él), que casi la echó desde una escalera sin baranda, que la familia de él la maltrataba y la despreciaba, que le deseaba la muerte para ella y el hijo por nacer, etc.
Agradecía el apoyo que le daba, que nunca màs iba permitir separarse de su padre ni dejar su casa, etc.
Hoy me comentó mi hija Raquel, que habló con ella por teléfono, de que se encuentra bien, en un departamento alquilado, acompañada por una persona. Era lo que me preocupaba; cómo se la iba a arreglar sola con una criatura de 1 año 6 meses y un recien nacido, ella sola, con una cesárea encima. Parece que ese tema está resuelto.
Me dijo Raquel que preguntó por mí. No me explico qué le puede importar de mí, después de tirarme toda la culpa de sus problemas. Pero bueno, querrá saber si sigo vivo. Le respondo que sí, y que a pesar de lo que ella me pide, que me remuerda la consciencia por lo que le hice, según su criterio, yo me encuentro con la consciencia tranquila de lo que he hecho con ella desde que nació. No soy perfecto, pero al ser humano no se le juzga por ser perfecto, sino por tender hacia la perfección con todos los medios a su alcance.
Yo me considero en mi relación con mis hijos una persona con nota 5 de 10, pues no tengo la soberbia de pensar ni defender que soy el padre pefecto: NOOOOO.
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