"Sólo nací, solo me muero..." (Martín Fierro).
Es verdad, pero si nací solo, y moriré solo, quiero vivir acompañado. Sin embargo, desde mi niñez no tengo comunicación ni con mi madre, de manera especial (esencial para el crecimiento emocional), pues presumo que ella preferiría tener una nena. Yo tenía más comunicación (compañía) de mis tías que de mi madre.
Tenía 12 años cuando me internaron en un seminario para cura. Allí sí que la soledad, entre tanta gente, fue atroz. Es como ir a la escuela; muchos compañeros, pero ninguna compañia. Los compañeros eran extraños, y los curas eran autoridades. A pesar de todos los pesares, he avanzado hasta llegar a vestir la sotana y ser enviado al seminario mayor, previo paso por el "Noviciado". Absoluto silencio, incomunicación total. Eso si era soledad, pues la única compañía que uno podría tener era su propia consciencia que azusada por el "maestro de novicios", se revolcaba en un sentimiento de culpa permanente; un verdadero infierno.
Pasé el noviciado; lo superé y logré hacer los votos relgiosos. Al fin, creí, iba a ser un ser humano, con mi instinto gregario al menos, satisfecho. Y nada. Solamente el plazo de pruebas era mayor; en vez de un año, tres (votos temporales). Se agrega el estudio académico.
Seguía la sensación de que uno estaba absolutamente sólo y luchando contra la consciencia de que tiene que ser bueno, santo, pero sin embargo te hacen sentit que eras predestinado a ser un pecador, un delincuente por naturaleza que ofende a su creador porque respira, porque camina, porque come, porque ama... todo era pecado. Yo y mi consciencia en la más absoluta soledad.
Fuera ya del seminario comenzó la adaptación al ambiente natural (la anterior es antinatural). Busqué pareja y cuando la encontré, no duró 3 años un noviazgo a todo vapor. Todo pintaba de maravillas, pero algo faltaba: la comunicación. O mejor, sinceridad, honestidad. Terminó el noviazgo con esta despedida: "démosnos tiempo, pues no me siento segura". Nuevamente a la tumba de la soledad absoluta, justo cuando empezaba, lo creía, a creer que estaba acompañado.
El duelo duró casi un año.
Otro itento de formar pareja, forzada por los familiares de ella, terminó en un "fraudulento" matrimonio. (Ella no me quería, solamente me usó para salir de las "garras", del dominio de sus padres; yo no la amaba, pero creía que ella sí). Animado que aprendería, con la convivencia, a amarla, di el paso y me casé. Error grave, pues otra vez la incomunicación asechaba. Yo era muy racional, muy lógico, con mis 29 años, mientras que ella con sus 16 años me vió más como padre, que como pareja. Nunca pudimos entablar un diálogo entre iguales. Por otro lado, ella interpretaba que el estar casada implicaba tener la libertada absoluta de hacer todo cuanto le venga en ganas. Y le vino en ganas tener relaciones con otros. Eso, yo sin saberlo, produjo un distanciamiento tal que la soledad fue nuevamente mi compañera.
Por suerte, tuvimos 4 maravillosos hijos a quienes dediqué la vida: pero no eran compañía, eran responsabilidades.
Este "matrimonio" duró 21 años y terminó en un divorcio. La soledad ganó una vez más.
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